El submarinista chamuscado.

En un pequeño pueblo perdido en mitad de una gran montaña se declarón un día no muy lejano un tremendo incendio forestal que amenazaba con destruir todos los recursos naturales de la zona.
Para evitar tamaño desastre ecológico, se movilizaron todos los medios técnicos y efectivos humanos disponibles para situaciones de emergencia, empleando en las labores de extinción a más de cien voluntarios residentes en la zona, cuarenta bomberos profesionales, ocho motobombas, cinco helicópteros y un gran hidroavión.
Afortunadamente habitaba en aquella perdida aldea una compañera de colegio de la prima del barrendero del barrio, de manera que los hechos llegaron hasta nosotros con total veracidad.
La historia en sí es muy simple, se emplearon cuatro días en controlar el incendio, y dos más en sofocarlo completamente, tras los cuales un equipo de técnicos se desplazó al lugar con el objetivo de evaluar los daños para declarar zona catastrófica a la comarca y recibir ayudas gubernamentales para su recuperación. Hasta ahí todo normal, pero la sorpresa de los técnicos fue mayúscula cuando, al llegar al paraje conocido como la Tranca del Lobo, uno de los de más difícil acceso, encontraron el cadáver de un submarinista chamuscado y completamente equipado para la práctica de su deporte (el submarinismo, no el chamuscamiento).
Nadie podía dar crédito a lo que veían sus ojos, ya que la playa más cercana estaba a más de cuatrocientos kilómetros, y la única explicación plausible que se les ocurrió fue que el hidroavión, al acudir al mar a llenar sus depósitos de agua para luego vaciarlos encima del incendio, absorbiera en la maniobra a un incauto submarinista que se encontraba practicando pesca submarina a escasa profundidad. El caso nunca llegó a aclararse completamente.